Unidad
V: El arte contemporáneo y la teoría del arte
Con algunas excepciones, como la civilización china, en la que
existe una tradición de teoría del arte desde el siglo VI (los Seis Principios
de la Pintura de Xie He),
la inmensa mayoría de la producción escrita sobre teoría del arte ha
correspondido históricamente a la civilización
occidental.
El siglo XX ha supuesto una radical transformación
del concepto de arte: la superación de las ideas racionalistas de la
Ilustración y el paso a conceptos más subjetivos e individuales, partiendo del
movimiento romántico y cristalizando en la obra de autores como Kierkegaard y
Nietzsche, suponen una ruptura con la tradición y un rechazo de la belleza
clásica. El concepto de realidad fue cuestionado por las nuevas teorías
científicas: la subjetividad del tiempo de Bergson, la relatividad de Einstein,
la mecánica cuántica, etc. Por otro lado, las nuevas tecnologías hacen que el
arte cambie de función, ya que la fotografía y el cine ya se encargan de plasmar la realidad.
Todos estos factores producen la génesis del arte abstracto, el artista ya no
intenta reflejar la realidad, sino su mundo interior, expresar sus
sentimientos. El arte actual tiene oscilaciones continuas del gusto, cambia
simultáneamente junto a éste: así como el arte clásico se sustentaba sobre una
metafísica de ideas inmutables, el actual, de raíz kantiana, encuentra gusto en la conciencia social de
placer (cultura de masas). También hay que valorar la progresiva disminución
del analfabetismo, puesto que antiguamente, al no saber leer gran parte de la
población, el arte gráfico era el mejor medio para la transmisión del
conocimiento –sobre todo religioso–, función que ya no es necesaria en el siglo
XX.
Una de las primeras formulaciones fue
la del marxismo: de la obra de Marx se
desprendía que el arte es una “superestructura” cultural determinada por las
condiciones sociales y económicas del ser humano. Para los marxistas, el arte es
reflejo de la realidad social, si bien el propio Marx no veía una
correspondencia directa entre una sociedad determinada y el arte que produce.
Georgi Plejánov, en Arte y
vida social (1912), formuló una estética
materislista que rechazaba el “arte por el arte”, así como la
individualidad del artista ajeno a la sociedad que lo envuelve. Walter Benjamin incidió de nuevo en el arte de
vanguardia, que para él es «la culminación de la dialéctica de la modernidad»,
el final del intento totalizador del arte como expresión del mundo circundante.
Intentó dilucidar el papel del arte en la sociedad moderna, realizando un
análisis semiótico en el que el arte se explica a través de signos que el
hombre intenta descifrar sin un resultado aparentemente satisfactorio. En La
obra de arte en la época de la reproductibilidad técnica (1936) analizó la forma cómo las
nuevas técnicas de reproducción industrial del arte pueden hacer variar el
concepto de éste, al perder su carácter de objeto único y, por tanto, su halo
de reverencia mítica; esto abre nuevas vías de concebir el arte –inexploradas
aún para Benjamín– pero que supondrán una relación más libre y abierta con la
obra de arte.
Theodor W. Adorno, como Benjamin perteneciente a la Escuela de
Frankfurt, defendió el arte de vanguardia como reacción a la excesiva
tecnificación de la sociedad moderna. En su Teoría
estética (1970) afirmó que el
arte es reflejo de las tendencias culturales de la sociedad, pero sin llegar a
ser fiel reflejo de ésta, ya que el arte representa lo inexistente, lo irreal;
o, en todo caso, representa lo que existe pero como posibilidad de ser otra
cosa, de trascender. El arte es la “negación de la cosa”, que a través de esta
negación la trasciende, muestra lo que no hay en ella de forma primigenia. Es apariencia,
mentira, presentando lo inexistente como existente, prometiendo que lo
imposible es posible.
Representante del pragmatismo, John
Dewey, en Arte como
experiencia (1934), definió
el arte como “culminación de la naturaleza”, defendiendo que la base de la
estética es la experiencia sensorial. La actividad artística es una
consecuencia más de la actividad natural del ser humano, cuya forma
organizativa depende de los condicionamientos ambientales en que se
desenvuelve. Así, el arte es “expresión”, donde fines y medios se fusionan en
una experiencia agradable. Para Dewey, el arte, como cualquier actividad
humana, implica iniciativa y creatividad, así como una interacción entre sujeto
y objeto, entre el hombre y las condiciones materiales en las que desarrolla su
labor.
José
Ortega y Gasset analizó en La
deshumanización (1925) el
arte de vanguardia desde el concepto de “sociedad de masas”, donde el carácter
minoritario del arte vanguardista produce una elitización del público consumidor de arte. Ortega
aprecia en el arte una “deshumanización” debida a la pérdida de perspectiva histórica, es decir, de no poder analizar
con suficiente distancia crítica el sustrato socio-cultural que conlleva el
arte de vanguardia. La pérdida del elemento realista, imitativo, que Ortega
aprecia en el arte de vanguardia, supone una eliminación del elemento humano
que estaba presente en el arte naturalista. Asimismo, esta pérdida de lo humano
hace desaparecer los referentes en que estaba basado el arte clásico,
suponiendo una ruptura entre el arte y el público, y generando una nueva forma
de comprender el arte que sólo podrán entender los iniciados. La percepción
estética del arte deshumanizado es la de una nueva sensibilidad basada no en la
afinidad sentimental –como se producía con el arte romántico–, sino en un
cierto distanciamiento, una apreciación de matices. Esa separación entre arte y
humanidad supone un intento de volver al hombre a la vida, de rebajar el
concepto de arte como una actividad secundaria de la experiencia humana.
En la escuela semiótica, Luigi
Pareyson elaboró en Estética. Teoría de la formatividad (1954) una estética hermenéutica, donde el arte es
interpretación de la verdad. Para
Pareyson, el arte es “formativo”, es decir, expresa una forma de hacer que, «a
la vez que hace, inventa el modo de hacer». En otras palabras, no se basa en
reglas fijas, sino que las define conforme se elabora la obra y las proyecta en
el momento de realizarla. Así, en la formatividad la obra de arte no es un
“resultado”, sino un “logro”, donde la obra ha encontrado la regla que la
define específicamente. El arte es toda aquella actividad que busca un fin sin
medios específicos, debiendo hallar para su realización un proceso creativo e
innovador que dé resultados originales de carácter inventivo. Pareyson influyó
en la denominada Escuela de Turín, que desarrollará su concepto ontológico del arte: Umberto Eco, en Obra abierta (1962), afirmó que la obra de arte
sólo existe en su interpretación, en la apertura de múltiples significados que
puede tener para el espectador; Gianni Vattimo , en Poesía
y ontología (1968), relacionó
el arte con el ser, y por tanto con la verdad, ya que es en el arte donde la
verdad se muestra de forma más pura y reveladora.
Una de las últimas derivaciones de la
filosofía y el arte es la postmodernidad,
teoría socio-cultural que postula la actual vigencia de un periodo histórico
que habría superado el proyecto moderno,
es decir, la raíz cultural, política y económica propia de la Edad
Comtemporánea , marcada en lo
cultural por la Ilustración, en lo político por la Revolución Francesa y en lo económico
por la Revolución industrial. Frente a las propuestas del arte de vanguardia,
los postmodernos no plantean nuevas ideas, ni éticas ni estéticas; tan sólo
reinterpretan la realidad que les envuelve, mediante la repetición de imágenes
anteriores, que pierden así su sentido. La repetición encierra el marco del
arte en el arte mismo, se asume el fracaso del compromiso artístico, la
incapacidad del arte para transformar la vida cotidiana. El arte postmoderno vuelve sin pudor al
sustrato material tradicional, a la obra de arte-objeto, al “arte por el arte”,
sin pretender hacer ninguna revolución, ninguna ruptura. Algunos de sus más
importantes teóricos han sido Jacques Derrida y Michel Foucault.
Como conclusión, cabría decir que las
viejas fórmulas que basaban el arte en la creación de belleza o en la imitación
de la naturaleza han quedado obsoletas, y hoy día el arte es una cualidad
dinámica, en constante transformación, inmersa además en los medios de
comunicación de masas, en los canales de consumo, con un aspecto muchas veces
efímero, de percepción instantánea, presente con igual validez en la idea y en el
objeto, en su génesis conceptual y en su realización material. Morris Weitz, representante
de la estética analítica ,
opinaba en El papel de la
teoría en la estética(1957) que «es imposible establecer cualquier tipo de
criterios del arte que sean necesarios y suficientes; por lo tanto, cualquier
teoría del arte es una imposibilidad lógica, y no simplemente algo que sea
difícil de obtener en la práctica». Según Weitz, una cualidad intrínseca de la
creatividad artística es que siempre produce nuevas formas y objetos, por lo
que «las condiciones del arte no pueden establecerse nunca de antemano». Así,
«el supuesto básico de que el arte pueda ser tema de cualquier definición
realista o verdadera es falso».
En el fondo, la indefinición del arte
estriba en su reducción a determinadas categorías –como imitación, como
recreación, como expresión–; el arte es un concepto global, que incluye todas
estas formulaciones y muchas más, un concepto en evolución y abierto a nuevas
interpretaciones, que no se puede fijar de forma convencional, sino que debe
aglutinar todos los intentos de expresarlo y formularlo, siendo una síntesis
amplia y subjetiva de todos ellos.
El arte es una actividad humana consciente capaz de
reproducir cosas, construir formas, o expresar una experiencia, si el producto
de esta reproducción, construcción, o expresión puede deleitar, emocionar o
producir un choque.
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